Puertas cerradas en el pabellón

Su recuerdo está atravesado por el inicio del golpe militar mientras estaba detenido en la cárcel de Rawson por su militancia revolucionaria.

Fecha/Hora: 13/03/2026 08:06 Cód. 110347 Tiempo de lectura: 5.35 minutos.
Es increíble que hayan pasado cincuenta años de aquella mañana de puertas cerradas del pabellón. Cincuenta años, y un golpe de Estado que nos venían advirtiendo compañeros caídos en Tucumán: Pepino, Gacioppo, Nievita, Negrillo, Fote. Nos habían contado de la escuelita de Famailla, de los carteles rojos y los azules que colgaban del cuello para identificar los traslados a la cárcel o a la muerte. Y qué ironía, el primer centro clandestino del Operativo Independencia, mucho antes del golpe, fue uno de los últimos que salió a la luz, a la prensa, tal era el miedo de los tucumanos que votaron en democracia a uno de sus represores.

Y yo en la cárcel, con toda la juventud por delante, y esa convicción de hacer la revolución. Esa certeza que teníamos todos. Eramos muy unidos, pero lo que une un colectivo, como el huevo a la tortilla (¡qué metáfora!), es la ideología, la firme convicción de la verdad. De otra forma no podríamos entender a los primeros cristianos devorados en el circo romano, crucificados, perseguidos. Y digo la firme certeza más allá de que sea cierta o no. Más allá de sus consecuencias buenas o malas. Y pienso en los nazis, pero también en el pueblo judío que hace 5000 años que se reconocen en la Torah, o en el árabe, en el Corán. Para bien o para mal. Desde el marxismo, muchas veces minimizamos la ideología, y apuntamos a que todo era resultado de las condiciones materiales de la existencia. A tal punto que pensábamos que con el socialismo iban a dejarse de lado las interpretaciones mágicas de la historia, los acertijos y el Tarot. El pueblo ruso, el pueblo polaco, y otros muchos mantuvieron su religión a pesar de que el ser social determinaba la conciencia según nos explicaba Carlos Marx.


Cincuenta años para reflexionar, no solo por las crueldades del golpe, por los 30000 compañeros desaparecidos, por las madres, por las viudas y los huérfanos, y el dolor en las entrañas, sino también para reflexionar sobre lo que ha quedado de todo aquello. Del desastre de los ganadores, del declive de la Argentina, de la pobreza, de la marginación; por eso aquellos, los derrotados, brillan año a año con nueva luz, por su entrega sin cálculos, sin carrera política, sin privilegios buscando ese mundo mejor. El mundo que creyeron, que creímos, la utopía que soñamos, cuando hoy las guerras nos devoran el futuro, cuando el planeta se deteriora al ritmo de los algoritmos cada vez más sofisticados que multiplican por mil, por cien, los errores de la humanidad, a un ritmo de inteligencia artificial; porque si nuestra inteligencia a gasoil nos ha traído hasta aquí, una artificial, más rápida y eficiente, multiplicará el desastre universal, no me cabe duda. Y no habrá Dios, ni arca de Noé, que nos salve.

¿Por qué no nos han abierto las puertas? Escucho el ruido de cadenas, y el arrastrar de una olla inmensa donde empujan la leche, el desayuno. El Kiki Samojedny me golpea la pared y asomo la cabeza por la ventana y hablo con él. Me pregunta qué pasa, y le digo que más temprano escuché las marchas militares, era el golpe.

Según los informes del PRT-ERP esperábamos dos tipos de golpe, uno a la uruguaya, más benigno, u otro, a la chilena, más cruento. Después, con los años, nos enteraríamos de que había sido a la argentina.

Solo un año atrás, a menos de eso, con el Rodrigazo, y la hiperinflación, las opiniones se habían dividido en el pabellón entre la “Logia del bulto”, y la “Logia del jonca”. La primera liderada por aquellos que habían vivido la libertad de todos los presos políticos en 1973 durante el gobierno de Cámpora, bautizada así por el Yeyo, que después de cumplir treinta días de sanción en su celda, salió con un bulto de ropa colgada de una caña o madera, simulando que ya se iba en libertad y preguntando por donde estaba la salida. La otra, la del Jonca estaba liderada por el gringo Gacioppo y otros compañeros tucumanos que habían estado detenidos en la escuelita de Faimallá durante el operativo independencia.

Al cabo de un año se habían despejado las dudas y al mediodía nos trajeron cordero con una salsa verde de cebolla, que imaginé como la comida de los condenados.

Como la cárcel de Rawson tenía un régimen de total aislamiento, nosotros perdimos total contacto con el Partido, con los diarios, y las noticias, y solo podíamos suplir esa falta con la imaginación, buscando indicios en la correspondencia que nos llegaba censurada.

Los informes de las visitas esporádicas eran escuetos y depositábamos nuestras esperanzas en la correspondencia donde se podía leer crípticamente, según nuestros deseos, desde el crecimiento exponencial y desarrollo del Partido, hasta la total derrota y el silencio.

Pero lo más relevante de este hecho es que nosotros seguíamos organizados en el PRT, con células, y dirección. Con estrategias de supervivencia, inteligencia y contrainteligencia, como una batalla naval que se desarrollara en la bañera de una casa. Las palabras seguían siendo las mismas, Partido, Ejército, Frente, célula operativa, célula de propaganda, de comunicaciones, como un ejército en campaña. Y lo más llamativo fue comprobar con los años que en el único lugar de la Argentina donde seguía existiendo y funcionando el Partido era en la cárcel, un verdadero oximorón. Todos los demás compañeros, o habían salido del país o se habían refugiado en las provincias, en un pueblo, en una chacra, o hasta en un circo ambulante.

Son cincuenta años de una herida que se sigue recordando cada 24 de marzo, en largas caravanas a lo largo del país y en el extranjero.

Recuerdo en los setenta de un grupo de radicales reunidos en el cementerio de La Recoleta, para homenajear a Hipólito Yrigoyen en repudio al golpe de 1930. Habían pasado cuarenta años y me parecía un anacronismo en blanco y negro, con los personajes del cine mudo caminando ligeritos; y hoy, cincuentas años después, las calles están repletas de banderas, de consignas, recordándolos en los carteles, en las pancartas, renovando la liturgia a cada generación; y ellos, llevados en andas por la multitud, siguen tan jóvenes y rebeldes como siempre.

Escritor y ex preso político.