Historias urgentes de la “capital del olvido”

Los cuerpos hablan en “La Perla”. El centro clandestino más siniestro detrás de la ESMA y Campo de Mayo, guarda muchísimos secretos medio siglo después.

Fecha/Hora: 11/05/2026 08:23 Cód. 110945 Tiempo de lectura: 6.35 minutos.
El reino de la muerte a las órdenes del general Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército, fue un trágico parteaguas entre la provincia de “Obreros y estudiantes, unidos y adelante” y este presente que la muestra como la capital nacional del olvido.

Cada hueso que recupera el Equipo Argentino de Antropología Forense tiene algo que decir con relación a la tierra que no reconoce su pasado cuando se mira al espejo. De la provincia industrial a la Fundación Mediterránea. Del Gringo Tosco, Atilio López y Obregón Cano, a Domingo Cavallo con la estatización de la deuda externa privada, la convertibildad, el Megacanje y el corralito.

Cuando Néstor Kirchner recorrió “La Perla” el 24 de marzo de 2007, sintió la necesidad de renovar aquella frase que había pronunciado tres años antes: “Pido perdón al pueblo argentino, a los detenidos desaparecidos, a las Abuelas y a los Hijos, por haber demorado tantos años”. Aquella historia tenía nombre propio: “No te voy a llamar general, porque ni eso merecés. Señor Luciano Benjamín Menéndez, tené en claro que sos un cobarde, que los argentinos saben quién sos y que estás escondido en tu casa. Tendrías que estar en una cárcel común, donde tienen que estar los delincuentes y los asesinos”.

El general indultado por Menem y condenado ante el regreso de “Memoria, Verdad y Justicia” fue una síntesis perfecta del odio. La historia, como los restos de los cuerpos que ordenó ejecutar y desaparecer, hablan por él.

29 de abril de 1976. Menéndez ordenó una quema de libros entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry y Galeano. “Para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos. De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina”, declaró el general. “La Perla” fue el único de los más de 600 centros clandestinos de la dictadura que incineró a muchas de sus víctimas.

1 de junio de 1976. Por orden del “Cuchillero” Menéndez fueron fusilados en instalaciones de la Fuerza Aérea ocho jóvenes de entre 17 y 28 años, militantes del PRT-ERP. La Voz del Interior publicó la versión oficial: “Extremistas fueron abatidos en un enfrentamiento con la Gendarmería. Se encontraban en un campamento subversivo realizando instrucción militar y adoctrinamiento político”.

Recta final de 1978. Los “halcones” del Ejército con Suárez Mason, Menéndez y Galtieri a la cabeza, más la Armada encolumnada detrás del sueño presidencial de Massera, planificaban la guerra con Chile que finalmente frenó el Vaticano. La dictadura argentina entraría al país hermano a la altura de Neuquén por el Paso Puyehue. La finalidad era dividir el territorio chileno en dos y Santiago y Valparaíso serían objetivos de la Fuerza Aérea. El “Cuchillero” Menéndez decía por entonces que iba a “brindar con champagne en la Moneda” y que se iba a “lavar las bolas en el Pacífico”.

19 de setiembre de 1979. Menéndez se sublevó contra el comandante en jefe del Ejército. Sentía que el Proceso había licuado su cuota de exterminio y pedía más sangre para consolidar el sueño de eternidad. En el Liceo Militar “General Paz”, leyó un comunicado en el que denunció que el general Viola “no había cerrado la puerta al resurgimiento futuro del marxismo en el país”. Menéndez exigió la renuncia del general que Videla imaginaba como su sucesor, pero en realidad el “Cuchillero” utilizó su ataque a Viola para pedir por elevación el fin de Videla.

El alzamiento duró 36 horas y se resolvió sin un solo disparo. A partir de ese momento, el choque entre “halcones” y “palomas” abandonó definitivamente los cuarteles.

Febrero de 1978. Jorge Cafrune regresó a Cosquín: El Turco encendió la ira de la dictadura cuando arrancaron los acordes de “Zamba de mi esperanza”; la canción que encabezaba la lista de temas prohibidos. En “La Perla”, Teresa Celia Meschiati y Graciela Geuna, dos de los 17 sobrevivientes del infierno, escucharon decir al teniente coronel Carlos Enrique Villanueva, mientras la transmisión del festival sonaba en la radio: “Esto ya es demasiado. A este tipo habría que matarlo, para que los demás no hagan lo mismo”. El “Gato” era el encargado de llevar a grupos de detenidos a Cosquín para que marcaran compañeros en el público.

En su declaración de 1984 ante la Conadep, Meschiati sostuvo que Villanueva, una semana después de Cosquín, estuvo afectado a una “operación especial”, coincidente con la fecha de la muerte de Cafrune.

El testimonio de Geuna se produjo el 9 de julio de 1998, ante el cónsul de España en Ginebra y en el marco de la investigación por “genocidio y terrorismo”, que había iniciado el juez Baltasar Garzón: “Los militares veían que la gente comenzaba a forzar en las pequeñas cosas, peleando por lograr una apertura. Eso les aterraba y sofocaban cualquier pequeño gesto de rebeldía”. Dijo que Villanueva fue “uno de los jefes operativos y responsable de secuestros, torturas y asesinatos” cometidos en “La Perla”.

La torturó el mayor Guillermo Ernesto Barreiro, un oficial que se hacía llamar “Hernández” pero que le decían “Nabo”; el mismo que en 1987 generó el levantamiento de Semana Santa, cuando se amotinó ante el llamado de la Justicia para declarar sobre violaciones a los derechos humanos.

El 31 de enero de 1978, Cafrune inició una travesía a caballo para unir Buenos Aires con Yapeyú y depositar en la casa natal de San Martín, tierra de Boulogne Sur Mer. El Turco esperaba llegar a Corrientes el 25 de febrero, ante la celebración del bicentenario del nacimiento del Libertador. Murió en la madrugada del 1º de febrero 1978.

La historia oficial cuenta que fue atropellado por Héctor Emilio Díaz, a la altura de Benavidez. El cantante permaneció demasiadas horas sin atención médica en la banquina de la ruta, hasta que un edema pulmonar terminó con su vida.

10 de mayo de 2004. El teniente coronel Bruno Laborda, detenido en Campo de Mayo, se convirtió en el segundo Scilingo, nueve años después de aquella declaración del marino en España. Por primera vez un oficial en actividad confesó los crímenes cometidos por órdenes superiores, entre 1977 y 1979; pero no habló desde un cargo de conciencia que lo atormentaba, sino que detalló su participación en el asesinato de prisioneros indefensos, para pedir que se reconsiderara la decisión de la Junta de Calificación de Oficiales que lo declaró no apto para ascender a coronel. Afirmó en su defensa que otros oficiales que participaron de hechos equivalentes fueron ascendidos, por lo tanto, su caso “violaría el principio de equidad contemplado en los reglamentos militares”.

“Al subversivo hay que matarlo, pero no sólo a él, sino también a sus hijos, para que no puedan propagarse”, dijo haber aprendido de “un admirado y recordado oficial instructor” del Colegio Militar, a quien no identificó.

Recordó que se confesó con un sacerdote y la respuesta celestial fue que era loable abatir a los enemigos de Cristo y que “como soldado de la Iglesia” sería recompensado en el más allá: “Un ministro de la fe cristiana calmó mi desasosiego, al afirmar que ese desempeño como soldado de la Iglesia sería recompensado en el futuro”.

Historias urgentes de un recordatorio desprolijo e imperfecto, pero que tiene la obligación de copar el centro de la escena, en un momento en que es más importante gritar para despertar, que seguir sin encontrarle respuestas suficientes a un presente cordobés que es hijo del terrorismo de Estado. Después de la muerte, el resto lo hicieron las corporaciones y los políticos que traicionaron a la democracia y a sus muertos.