“Hay historias que son verdaderamente insoportables”
Carlos, María y Mariano tenían entre 2 y 5 años cuando el terrorismo de Estado mató a su madre en el Conurbano sur y los entregó a un hogar parroquial. La investigadora del Conicet reconstruyó aquel horror en un libro que expone la complicidad judicial y religiosa con el régimen.
Fecha/Hora: 27/07/2026 08:24
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A casi un año de instalada la dictadura cívico-militar, el 15 de marzo de 1977, el terrorismo de Estado asesinó a José Luis Alvarenga, María Florencia Ruival –militantes montoneros– y Vicenta Orrego Mesa –del movimiento católico tercermundista–, en una casa precaria del Barrio San José, en Almirante Brown, en el sur del conurbano bonaerense. La noticia publicada en la época, que reproducía la versión policial, destacaba que los uniformados se habían sorprendido porque debajo de una cama habían encontrado a tres niños de 5, 3 y 2 años. La crónica solo mencionaba que se trataría de los hijos de una de las víctimas, pero callaba que, en verdad, habían presenciado el asesinato de su madre. Los chicos eran Carlos, María y Mariano, hijos de Vicenta –su cuerpo aún sigue desaparecido– y de Julio Ramírez –detenido en la Unidad 9 de La Plata desde 1974 por tener “propaganda subversiva”.
La maquinaria represiva se ensañó con Carlos, María y Mariano, que pocas semanas después del asesinato de su madre quedaron alojados en el Hogar Casa de Belén, que dependía de la parroquia más importante de la ciudad de Banfield, en la diócesis de Lomas de Zamora –a cargo del obispo Desiderio Collino– y que había sido fundado meses antes. Los chicos fueron víctimas de la complicidad judicial y religiosa con el régimen. Allí sobrevivieron –entre abusos de todo tipo, incluida la apropiación de sus identidades– hasta el 26 de diciembre de 1983, cuando lograron viajar a Suecia junto con su padre, liberado y exiliado desde 1980. En ese confín de Europa residen hasta hoy.
Mónica Szurmuk vivía a pocas cuadras de la Casa de Belén, en un típico barrio de clase media del conurbano, y desde adolescente conocía la historia de los Ramírez. Profesora de Literatura, investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), se interesó en la historia y la plasmó en Malmö (Sudamericana, 2026), un trabajo en el que no sólo recorre el horror sufrido por los chicos en ese hogar, sino que también rescata testimonios registrados en el juicio seguido entre 2022 y 2023 por delitos de lesa humanidad y retrata la vida de María en aquella ciudad sueca, una “reconstrucción a través de la literatura y la pintura”, según la autora.
–Tu conocimiento sobre el Hogar Casa de Belén se remonta a tu adolescencia, en tiempos de la dictadura, a través de comentarios de dos amigas. Luego, el caso de los hermanos Ramírez llegó a la prensa en 1983, antes de la partida de los nenes a Suecia para vivir con su papá. Pasaron 30 años para que se anunciara el comienzo del juicio, que se postergó una década más. ¿En qué momento empezaste a vislumbrar que esa historia merecía ser contada en un libro?
–Hacia fines de 2019, les conté la historia a dos estudiantes de un seminario sobre memoria que había dado en la Unsam y me acompañaron al barrio. Yo no recordaba exactamente dónde quedaba la Casa de Belén, pero sí la historia. Fuimos a ver dónde funcionaba aún el hogar y, al mirar un mapa de la zona de Banfield, nos llamó la atención que había una cierta simetría: de un lado de las vías del tren estaba el Pozo de Banfield y del otro lado, un poco más cerca de la estación, la Casa de Belén, que había recibido muy poca atención. En ese momento pensamos que podíamos rescatar la historia. No había empezado el juicio, pero había expedientes judiciales muy completos. Hicimos otras dos visitas con estudiantes de la Unsam, fuimos al Pozo, y le propusimos a la gente de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Lanús hacer una visita alrededor del caso Ramírez para el Mes de la Memoria de 2020. La idea era reproducir el recorrido que hicieron los hermanos Ramírez, desde el Barrio San José hasta el Juzgado de Menores de Lomas de Zamora; el Hogar Pereyra, donde ellos estuvieron unos días, y la Casa de Belén. Queríamos pensar estos recorridos, que se pueden medir en cuadras y les habían cambiado la vida a los chicos tan radicalmente. Llegamos a hacer un primer recorrido, que quedó registrado en YouTube. Pero el proyecto quedó pospuesto por la pandemia. Queríamos resaltar esta cercanía, de que todo lo que pasaba, pasaba mientras la gente hacia su vida.
–En un barrio de clase media...
–Una de las cosas que a mí me asombró leyendo el primer expediente de 2013 era que para los cumpleaños compraban las tortas en Las Vegas, una de las confiterías más conocidas de la zona. Y me puse a pensar que la gente se podía haber cruzado con esos chicos comprando la torta. Había toda esta familiaridad y este horror que tenía lugar en un espacio tan cercano.
–Familiaridad y silencio, porque era una historia oculta.
–Exactamente. Ese fue el primer momento en que pensé que esta historia merecía ser contada. Hacia el final de la pandemia armamos un grupo en la Unsam, “Cartografías íntimas en comunidad”, y obtuvimos financiamiento para trabajar con estudiantes secundarios en Lomas de Zamora, hicimos recorridos por sitios de memoria y pasábamos por la Casa de Belén. No bajábamos, la mirábamos desde el micro, porque de ninguna manera queríamos invadir la vida de los niños judicializados que viven ahí. Hicimos varias placas azules con un QR, que son usadas internacionalmente para marcar sitios de memoria. Una de ellas fue instalada en el Pozo de Banfield, pero la del hogar queda pendiente, aunque en el juicio se dispusiera que debía realizarse una “medida reparatoria” y señalarse como sitio de memoria.
–¿Cómo llegaste a contactarte con María?
–En un principio, la propuesta era más amplia, centrada en la zona de Lomas de Zamora y no sólo en el hogar. Yo había escrito una nota sobre María para Anfibia, la revista digital de la Unsam, sobre “crónicas migrantes”, que surgió de un taller que había hecho con Sonia Budassi. Ella nos propuso elegir a alguien para centrar la nota. Dos personas muy cercanas al caso Ramírez, de mucha confianza, Carla Ocampo Pilla, la abogada de la familia, y Rubén García, el psicólogo del CELS que preparó a los chicos para irse, en 1983, me pusieron en contacto con María, que siempre fue la portavoz de su familia. E hice el perfil hablando con ella por zoom.
–Y decidiste que María fuera la protagonista del libro.
–Para mí fue obvio, no lo tuve que pensar. Había cosas que me interesaban. María había hecho un trabajo a través del arte, en el que toda su experiencia la volcaba y tramitaba a través de sus cuadros. Ella ha tomado esto como un trabajo. Además, desde la primera vez que hablé ella, hubo algo que me impresionó como profesora de Literatura. Su primer trabajo sobre el trauma lo hizo leyendo literatura clásica –la Odisea, la Divina Comedia–. Al pasar la adolescencia en Suecia, ella no tuvo la experiencia que hubiera tenido, si hubiera vivido en la Argentina, de contar con material en la escuela, por ejemplo. Esto es muy revelador de cómo la literatura puede funcionar como espacio para tramitar algo de lo que no hablaba. Es muy fuerte. Ella era muy chica, una adolescente que no podía hablar. La gente que ha estudiado estas experiencias traumáticas siempre dice que para que alguien hable tiene que haber otro que lo pueda escuchar. El problema que tenía María era que su historia era muy difícil de contar, de soportar. No era que sus compañeros de escuela no la querían escuchar; ella todavía no la podía contar.
–Y en 2024 tomaste la decisión de viajar a Suecia para conocerla.
–Me habían invitado a dar un seminario en Francia y pensé que estando tan cerca tenía la posibilidad de conocer a María y ver de cerca cómo había reconstruido su vida. Porque creo que hubiera sido distinto si se hubiera exiliado en España o Italia. A mí me parecía difícil de entender cómo era su vida en Suecia. Hay investigadoras que trabajaron sobre el exilio en Suecia, pero son pocos trabajos en comparación con otros destinos del exilio, porque el exilio argentino fue mucho más chico. Cuando ya venía hablando con María sobre la posibilidad de ir, le surgió un viaje a la Argentina para presentar sus cuadros, y estuve a punto de desistir de ir a Suecia, pero por suerte lo mantuve, porque conocer la vida de ella allá fue muy importante para entender esto que ha hecho toda la familia: reconstruirse. Una de las características de toda la familia Ramírez es que son muy gentiles, generosos, agradecidos, sobre todo con el proceso judicial que llevó 30 años.
–La relación de María con sus pinturas para reflejar el horror vivido recorre todo el libro. Al avanzar en la lectura, hay una necesidad de querer ver su obra, inspirada en el estilo de Francis Bacon. ¿Fue una decisión no incluir algunos de sus trabajos?
–Sí, fue una decisión. Cuando empecé a escribir, pensé que iba a tener un mapa e ilustraciones. El mapa se ve a contraluz en la tapa del libro (N. del A.: un recorrido de guiones une Buenos Aires y Malmö), pero la gente que escucha el audio libro o que lee el e-book no tiene esa experiencia. Al terminar el libro conversé con el editor si incluir los cuadros o no y decidimos no hacerlo, porque nos parecía que iban a ilustrar, pero no a revelar.
–En esa reconstrucción de María hay lucha, pero también esperanza. El mensaje que ella transmite y que vos reflejás en el libro es esperanzador a pesar del horror vivido.
–Eso es muy asombroso de María. Ella tiene una esperanza dividida, porque trabaja como enfermera con población migrante, muy pobre. Ella cuida a otros. Y a la vez tiene un compromiso muy grande con lo que está pasando en la Argentina en materia de derechos humanos. Este año quiso venir para el 24 de Marzo, pero no pudo. Ella participa continuamente y está muy abierta a involucrarse en todo lo que pasa en la Argentina y a seguir contando su historia. María conoció el horror y tuvo mucha paciencia para todo este entramado judicial que llevó tantos años. Además, rescata a la gente que la acompañó y mantiene relaciones que en algunos casos tienen cuarenta años, como la del psicólogo, yerno de Emilio Mignone. Ella sigue conectada a esa familia con mucho afecto.
–En el libro se muestra en forma descarnada el entramado autoritario del Poder Judicial en tiempos de la dictadura y sus extensiones hasta la actualidad. De hecho, la Justicia es el poder que menos se democratizó desde el retorno de la democracia en 1983. En ese sentido es clave el rol de la jueza de menores Martha Delia Pons.
–Cuando empecé a trabajar en el libro quería saber más sobre la jueza, pero no tuve acceso a información sobre ella, su legajo personal. Fernanda Berti, que colaboró en la investigación, se chocaba contra una pared. Fue muy difícil. Me preguntaba por qué esa jueza se ensañó tanto, porque hubo otros jueces que procedieron de otra manera. Ella tenía un ensañamiento especial contra las Abuelas, contra estos niños, poniéndolos en riesgo. Estos chicos fueron reclamados muy pronto por la familia. La tía se vino de Paraguay a la Argentina y se fue a vivir a la zona para tener acceso a los chicos, pero la jueza no se los dio. En el archivo de las Abuelas encontré una entrevista que Magdalena Ruiz Guiñazú le hizo a Pons, en la que negaba absolutamente todo. Hay registros desde el comienzo de los hechos que ella le dijo a las Abuelas que no les iba a entregar a los chicos. Es un caso muy llamativo. Ella fue alguien que utilizó todos los poderes que le daba la Justicia para ejercer una crueldad terrible. Me hubiera gustado dilucidar más, y no pude, su relación con los militares y la Iglesia.
–El poder de un sector de la Iglesia católica también queda expuesto en el libro. Es un sacerdote quien funda la Casa de Belén.
–A pesar de que la jueza y el párroco murieron mucho antes del Juicio (N. del A.: en 1999 y 1981, respectivamente), en el caso de la Iglesia pude avanzar un poco más. Había varios movimientos en la Iglesia que buscaban ocuparse de personas en riesgo, como niños y ancianos. Fundar una casa de guarda no era inusual en ese momento; lo inusual fue llevar a esa casa niños víctimas del terrorismo de Estado, cambiarles la identidad y separarlos de sus familias, además de someterlos a terribles abusos.
–¿Los Ramírez eran religiosos?
–La familia Ramírez era muy creyente, había bautizado a sus hijos. Vicenta participaba muy activamente de la vida de la parroquia de su barrio, organizaba actividades infantiles y juveniles. De hecho, cuando detuvieron al padre, ella se fue a vivir al lado de una parroquia, en el Barrio Santa María, en Bernal Oeste, apoyada por el sacerdote, que era tercermundista. Y cuando lo mataron a él, ella quedó desprotegida y alquiló la casa del Barrio San José.
–Un camino para contar la historia pudo ser la novela, pero tomaste la decisión de seguir una estructura organizada en textos cortos, despojados, algunos de un solo párrafo, donde el horror queda expuesto sin adjetivaciones ni artificios emotivos. ¿Cuánto hay de tu profesión de crítica literaria en esa elección?
–Yo estaba buscando el modo de contar esta historia. Hay escritoras y escritores que han novelado muy bien, pero yo no puedo, no soy novelista. Por ejemplo, menciono la novela La respiración violenta del mundo, de Ángela Pradelli, en la que cuenta la historia de una niña que pasa un tiempo en el Hogar Pereyra –el mismo en el que estuvieron los Ramírez unos días– y luego es apropiada. Pero ella es novelista. Cuando empecé a escribir me sobraban palabras por todos lados. Hasta que una noche me crucé con Ru, el libro de la autora vietnamita-canadiense Kim Thúy, en el que cuenta la historia de su familia desde Vietnam hasta que llega a Canadá. Ella lo cuenta con fragmentos y a mí me gustó cómo lo hacía. Me dije “esto es lo que quiero hacer”. Quería que la escritura fuera muy despojada. Desconfiaba de mí para el uso de adjetivos. Ante la enormidad de lo que pasó, lo terrible de lo que pasó, no lo podía contarlo de otro modo. Tenía que poder contar esta historia con pinceladas gruesas, pero por momentos muy finas. Quería que tuviera estos diferentes hilos. Era difícil para mí pensar en escribirlo de otro modo. Hay historias que son verdaderamente insoportables.
–¿Cómo te llevaste con el uso de la primera persona? Por tu conocimiento de la historia, era inevitable que aparecieras en varios pasajes.
–Al principio pensaba que no debía aparecer. Pero después me fui encontrando. Tenía que contar la vida de María en Suecia. Cuando andábamos por la calle, no la entendía a ella cuando hablaba en sueco. Era impensable para mí tener una tercera persona omnisciente cuando yo la miraba y no le entendía lo que decía. Cuando fuimos en tren al museo de arte moderno de Louisiana, en Dinamarca, yo veía la reacción de la gente hacia ella. No la entendía. Era un poco desesperante. Y me parecía que tenía que aparecer cómo llegué a la historia. Me resistí un poco, pero después ya no. Cuando hicimos “Cartografías...” nos dimos cuenta de que para los chicos una de las cosas más fuertes era cuando alguno de los adultos contaba su experiencia personal. En una visita al Pozo, una preceptora contó que su mamá, que vivía enfrente de allí cuando funcionaba como campo de exterminio, estaba con licencia de maternidad cuando ella nació y la pasó muy mal porque escuchaba los gritos de los detenidos.
–¿Es posible reeditar esa experiencia de narrar el terrorismo de Estado a estudiantes secundarios en tiempos en que el negacionismo es promovido desde la Casa de Gobierno?
–Sí, lo pensamos continuamente. En ese momento teníamos financiamiento para hacerlo. Seguramente lo volvamos a realizar, porque nos sigue pareciendo una experiencia importante.
La maquinaria represiva se ensañó con Carlos, María y Mariano, que pocas semanas después del asesinato de su madre quedaron alojados en el Hogar Casa de Belén, que dependía de la parroquia más importante de la ciudad de Banfield, en la diócesis de Lomas de Zamora –a cargo del obispo Desiderio Collino– y que había sido fundado meses antes. Los chicos fueron víctimas de la complicidad judicial y religiosa con el régimen. Allí sobrevivieron –entre abusos de todo tipo, incluida la apropiación de sus identidades– hasta el 26 de diciembre de 1983, cuando lograron viajar a Suecia junto con su padre, liberado y exiliado desde 1980. En ese confín de Europa residen hasta hoy.
Mónica Szurmuk vivía a pocas cuadras de la Casa de Belén, en un típico barrio de clase media del conurbano, y desde adolescente conocía la historia de los Ramírez. Profesora de Literatura, investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), se interesó en la historia y la plasmó en Malmö (Sudamericana, 2026), un trabajo en el que no sólo recorre el horror sufrido por los chicos en ese hogar, sino que también rescata testimonios registrados en el juicio seguido entre 2022 y 2023 por delitos de lesa humanidad y retrata la vida de María en aquella ciudad sueca, una “reconstrucción a través de la literatura y la pintura”, según la autora.
–Tu conocimiento sobre el Hogar Casa de Belén se remonta a tu adolescencia, en tiempos de la dictadura, a través de comentarios de dos amigas. Luego, el caso de los hermanos Ramírez llegó a la prensa en 1983, antes de la partida de los nenes a Suecia para vivir con su papá. Pasaron 30 años para que se anunciara el comienzo del juicio, que se postergó una década más. ¿En qué momento empezaste a vislumbrar que esa historia merecía ser contada en un libro?
–Hacia fines de 2019, les conté la historia a dos estudiantes de un seminario sobre memoria que había dado en la Unsam y me acompañaron al barrio. Yo no recordaba exactamente dónde quedaba la Casa de Belén, pero sí la historia. Fuimos a ver dónde funcionaba aún el hogar y, al mirar un mapa de la zona de Banfield, nos llamó la atención que había una cierta simetría: de un lado de las vías del tren estaba el Pozo de Banfield y del otro lado, un poco más cerca de la estación, la Casa de Belén, que había recibido muy poca atención. En ese momento pensamos que podíamos rescatar la historia. No había empezado el juicio, pero había expedientes judiciales muy completos. Hicimos otras dos visitas con estudiantes de la Unsam, fuimos al Pozo, y le propusimos a la gente de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Lanús hacer una visita alrededor del caso Ramírez para el Mes de la Memoria de 2020. La idea era reproducir el recorrido que hicieron los hermanos Ramírez, desde el Barrio San José hasta el Juzgado de Menores de Lomas de Zamora; el Hogar Pereyra, donde ellos estuvieron unos días, y la Casa de Belén. Queríamos pensar estos recorridos, que se pueden medir en cuadras y les habían cambiado la vida a los chicos tan radicalmente. Llegamos a hacer un primer recorrido, que quedó registrado en YouTube. Pero el proyecto quedó pospuesto por la pandemia. Queríamos resaltar esta cercanía, de que todo lo que pasaba, pasaba mientras la gente hacia su vida.
–En un barrio de clase media...
–Una de las cosas que a mí me asombró leyendo el primer expediente de 2013 era que para los cumpleaños compraban las tortas en Las Vegas, una de las confiterías más conocidas de la zona. Y me puse a pensar que la gente se podía haber cruzado con esos chicos comprando la torta. Había toda esta familiaridad y este horror que tenía lugar en un espacio tan cercano.
–Familiaridad y silencio, porque era una historia oculta.
–Exactamente. Ese fue el primer momento en que pensé que esta historia merecía ser contada. Hacia el final de la pandemia armamos un grupo en la Unsam, “Cartografías íntimas en comunidad”, y obtuvimos financiamiento para trabajar con estudiantes secundarios en Lomas de Zamora, hicimos recorridos por sitios de memoria y pasábamos por la Casa de Belén. No bajábamos, la mirábamos desde el micro, porque de ninguna manera queríamos invadir la vida de los niños judicializados que viven ahí. Hicimos varias placas azules con un QR, que son usadas internacionalmente para marcar sitios de memoria. Una de ellas fue instalada en el Pozo de Banfield, pero la del hogar queda pendiente, aunque en el juicio se dispusiera que debía realizarse una “medida reparatoria” y señalarse como sitio de memoria.
–¿Cómo llegaste a contactarte con María?
–En un principio, la propuesta era más amplia, centrada en la zona de Lomas de Zamora y no sólo en el hogar. Yo había escrito una nota sobre María para Anfibia, la revista digital de la Unsam, sobre “crónicas migrantes”, que surgió de un taller que había hecho con Sonia Budassi. Ella nos propuso elegir a alguien para centrar la nota. Dos personas muy cercanas al caso Ramírez, de mucha confianza, Carla Ocampo Pilla, la abogada de la familia, y Rubén García, el psicólogo del CELS que preparó a los chicos para irse, en 1983, me pusieron en contacto con María, que siempre fue la portavoz de su familia. E hice el perfil hablando con ella por zoom.
–Y decidiste que María fuera la protagonista del libro.
–Para mí fue obvio, no lo tuve que pensar. Había cosas que me interesaban. María había hecho un trabajo a través del arte, en el que toda su experiencia la volcaba y tramitaba a través de sus cuadros. Ella ha tomado esto como un trabajo. Además, desde la primera vez que hablé ella, hubo algo que me impresionó como profesora de Literatura. Su primer trabajo sobre el trauma lo hizo leyendo literatura clásica –la Odisea, la Divina Comedia–. Al pasar la adolescencia en Suecia, ella no tuvo la experiencia que hubiera tenido, si hubiera vivido en la Argentina, de contar con material en la escuela, por ejemplo. Esto es muy revelador de cómo la literatura puede funcionar como espacio para tramitar algo de lo que no hablaba. Es muy fuerte. Ella era muy chica, una adolescente que no podía hablar. La gente que ha estudiado estas experiencias traumáticas siempre dice que para que alguien hable tiene que haber otro que lo pueda escuchar. El problema que tenía María era que su historia era muy difícil de contar, de soportar. No era que sus compañeros de escuela no la querían escuchar; ella todavía no la podía contar.
–Y en 2024 tomaste la decisión de viajar a Suecia para conocerla.
–Me habían invitado a dar un seminario en Francia y pensé que estando tan cerca tenía la posibilidad de conocer a María y ver de cerca cómo había reconstruido su vida. Porque creo que hubiera sido distinto si se hubiera exiliado en España o Italia. A mí me parecía difícil de entender cómo era su vida en Suecia. Hay investigadoras que trabajaron sobre el exilio en Suecia, pero son pocos trabajos en comparación con otros destinos del exilio, porque el exilio argentino fue mucho más chico. Cuando ya venía hablando con María sobre la posibilidad de ir, le surgió un viaje a la Argentina para presentar sus cuadros, y estuve a punto de desistir de ir a Suecia, pero por suerte lo mantuve, porque conocer la vida de ella allá fue muy importante para entender esto que ha hecho toda la familia: reconstruirse. Una de las características de toda la familia Ramírez es que son muy gentiles, generosos, agradecidos, sobre todo con el proceso judicial que llevó 30 años.
–La relación de María con sus pinturas para reflejar el horror vivido recorre todo el libro. Al avanzar en la lectura, hay una necesidad de querer ver su obra, inspirada en el estilo de Francis Bacon. ¿Fue una decisión no incluir algunos de sus trabajos?
–Sí, fue una decisión. Cuando empecé a escribir, pensé que iba a tener un mapa e ilustraciones. El mapa se ve a contraluz en la tapa del libro (N. del A.: un recorrido de guiones une Buenos Aires y Malmö), pero la gente que escucha el audio libro o que lee el e-book no tiene esa experiencia. Al terminar el libro conversé con el editor si incluir los cuadros o no y decidimos no hacerlo, porque nos parecía que iban a ilustrar, pero no a revelar.
–En esa reconstrucción de María hay lucha, pero también esperanza. El mensaje que ella transmite y que vos reflejás en el libro es esperanzador a pesar del horror vivido.
–Eso es muy asombroso de María. Ella tiene una esperanza dividida, porque trabaja como enfermera con población migrante, muy pobre. Ella cuida a otros. Y a la vez tiene un compromiso muy grande con lo que está pasando en la Argentina en materia de derechos humanos. Este año quiso venir para el 24 de Marzo, pero no pudo. Ella participa continuamente y está muy abierta a involucrarse en todo lo que pasa en la Argentina y a seguir contando su historia. María conoció el horror y tuvo mucha paciencia para todo este entramado judicial que llevó tantos años. Además, rescata a la gente que la acompañó y mantiene relaciones que en algunos casos tienen cuarenta años, como la del psicólogo, yerno de Emilio Mignone. Ella sigue conectada a esa familia con mucho afecto.
–En el libro se muestra en forma descarnada el entramado autoritario del Poder Judicial en tiempos de la dictadura y sus extensiones hasta la actualidad. De hecho, la Justicia es el poder que menos se democratizó desde el retorno de la democracia en 1983. En ese sentido es clave el rol de la jueza de menores Martha Delia Pons.
–Cuando empecé a trabajar en el libro quería saber más sobre la jueza, pero no tuve acceso a información sobre ella, su legajo personal. Fernanda Berti, que colaboró en la investigación, se chocaba contra una pared. Fue muy difícil. Me preguntaba por qué esa jueza se ensañó tanto, porque hubo otros jueces que procedieron de otra manera. Ella tenía un ensañamiento especial contra las Abuelas, contra estos niños, poniéndolos en riesgo. Estos chicos fueron reclamados muy pronto por la familia. La tía se vino de Paraguay a la Argentina y se fue a vivir a la zona para tener acceso a los chicos, pero la jueza no se los dio. En el archivo de las Abuelas encontré una entrevista que Magdalena Ruiz Guiñazú le hizo a Pons, en la que negaba absolutamente todo. Hay registros desde el comienzo de los hechos que ella le dijo a las Abuelas que no les iba a entregar a los chicos. Es un caso muy llamativo. Ella fue alguien que utilizó todos los poderes que le daba la Justicia para ejercer una crueldad terrible. Me hubiera gustado dilucidar más, y no pude, su relación con los militares y la Iglesia.
–El poder de un sector de la Iglesia católica también queda expuesto en el libro. Es un sacerdote quien funda la Casa de Belén.
–A pesar de que la jueza y el párroco murieron mucho antes del Juicio (N. del A.: en 1999 y 1981, respectivamente), en el caso de la Iglesia pude avanzar un poco más. Había varios movimientos en la Iglesia que buscaban ocuparse de personas en riesgo, como niños y ancianos. Fundar una casa de guarda no era inusual en ese momento; lo inusual fue llevar a esa casa niños víctimas del terrorismo de Estado, cambiarles la identidad y separarlos de sus familias, además de someterlos a terribles abusos.
–¿Los Ramírez eran religiosos?
–La familia Ramírez era muy creyente, había bautizado a sus hijos. Vicenta participaba muy activamente de la vida de la parroquia de su barrio, organizaba actividades infantiles y juveniles. De hecho, cuando detuvieron al padre, ella se fue a vivir al lado de una parroquia, en el Barrio Santa María, en Bernal Oeste, apoyada por el sacerdote, que era tercermundista. Y cuando lo mataron a él, ella quedó desprotegida y alquiló la casa del Barrio San José.
–Un camino para contar la historia pudo ser la novela, pero tomaste la decisión de seguir una estructura organizada en textos cortos, despojados, algunos de un solo párrafo, donde el horror queda expuesto sin adjetivaciones ni artificios emotivos. ¿Cuánto hay de tu profesión de crítica literaria en esa elección?
–Yo estaba buscando el modo de contar esta historia. Hay escritoras y escritores que han novelado muy bien, pero yo no puedo, no soy novelista. Por ejemplo, menciono la novela La respiración violenta del mundo, de Ángela Pradelli, en la que cuenta la historia de una niña que pasa un tiempo en el Hogar Pereyra –el mismo en el que estuvieron los Ramírez unos días– y luego es apropiada. Pero ella es novelista. Cuando empecé a escribir me sobraban palabras por todos lados. Hasta que una noche me crucé con Ru, el libro de la autora vietnamita-canadiense Kim Thúy, en el que cuenta la historia de su familia desde Vietnam hasta que llega a Canadá. Ella lo cuenta con fragmentos y a mí me gustó cómo lo hacía. Me dije “esto es lo que quiero hacer”. Quería que la escritura fuera muy despojada. Desconfiaba de mí para el uso de adjetivos. Ante la enormidad de lo que pasó, lo terrible de lo que pasó, no lo podía contarlo de otro modo. Tenía que poder contar esta historia con pinceladas gruesas, pero por momentos muy finas. Quería que tuviera estos diferentes hilos. Era difícil para mí pensar en escribirlo de otro modo. Hay historias que son verdaderamente insoportables.
–¿Cómo te llevaste con el uso de la primera persona? Por tu conocimiento de la historia, era inevitable que aparecieras en varios pasajes.
–Al principio pensaba que no debía aparecer. Pero después me fui encontrando. Tenía que contar la vida de María en Suecia. Cuando andábamos por la calle, no la entendía a ella cuando hablaba en sueco. Era impensable para mí tener una tercera persona omnisciente cuando yo la miraba y no le entendía lo que decía. Cuando fuimos en tren al museo de arte moderno de Louisiana, en Dinamarca, yo veía la reacción de la gente hacia ella. No la entendía. Era un poco desesperante. Y me parecía que tenía que aparecer cómo llegué a la historia. Me resistí un poco, pero después ya no. Cuando hicimos “Cartografías...” nos dimos cuenta de que para los chicos una de las cosas más fuertes era cuando alguno de los adultos contaba su experiencia personal. En una visita al Pozo, una preceptora contó que su mamá, que vivía enfrente de allí cuando funcionaba como campo de exterminio, estaba con licencia de maternidad cuando ella nació y la pasó muy mal porque escuchaba los gritos de los detenidos.
–¿Es posible reeditar esa experiencia de narrar el terrorismo de Estado a estudiantes secundarios en tiempos en que el negacionismo es promovido desde la Casa de Gobierno?
–Sí, lo pensamos continuamente. En ese momento teníamos financiamiento para hacerlo. Seguramente lo volvamos a realizar, porque nos sigue pareciendo una experiencia importante.