Genealogía de las maricas malas

Se edita por primera vez en castellano “Gay malos, una historia homosexual” (Verso Editorial), el libro de Huw Lemmey y Ben Miller. Un texto imprescindible para dar cuenta de fenómenos paradojales como los varones gay de ultarderecha, productores o reproductores de discursos de odio.

Fecha/Hora: 30/09/2026 09:13 Cód. 112128 Tiempo de lectura: 4.85 minutos.
Bossie y Wilde Wilde y Alfred “Bossie” Douglas Archivo -
En 1891, el estrellato de Oscar Wilde estaba en alza. Durante una década había sido el centro de los chusmeríos de Londres merced a su personalidad, su vestuario extravagante pleno de pieles y sacos de colores vivos con un girasol gigante o un clavel verde en el ojal, su sexualidad ambigua apenas disfrazada con un matrimonio respetable, su lengua karateca avant la lettre plasmada en los célebres epigramas que publicaba o lanzaba como dardos en vivo en reuniones sociales.

En términos artísticos, había publicado relatos en prosa y poemarios y estaba preparando su primera novela, “El retrato de Dorian Gray”, un magistral relato sobre el precio que se paga por la eterna juventud, la concupiscencia y las delicias de los pecados. Sin embargo, cinco años después, la reputación y la salud de Wilde sufrieron un daño irreversible. Condenado en 1895 a dos años de trabajos forzados, Wilde era escupido por extraños mientras era transportado en tren a la cárcel. Al ser liberado, preso del oprobio, se vio obligado a exiliarse y a vivir bajo nombre falso. Menos de una década después de aquel prometedor 1891, Wilde estaba muerto y enterrado.


Lo que pasó en 1891 es historia conocida. Wilde conoció a un hermoso joven de rizos dorados, ojos azules, labios escarlata, apasionado, petulante y cruel como el Dorian Gray que había pergeñado en la ficción: Alfred “Bossie” Douglas. Por ese joven terrible, el corazón de Wilde vivió un amor que lo llevó al borde de la agonía y el éxtasis y encendió la mecha del fuego que lo precipitaría a su ruina.

La historia y la cultura LGTBIQ+ suelen condenar irremediablemente a Bossie al infierno rosa acusado de ser el demonio que destruyó la existencia de Wilde. Sin embargo, se suele soslayar que en el interregno de cinco años que vivieron el apasionado romance, e inspirado por la belleza del efebo Wilde escribió sus obras de teatro más afamadas y populares (que constituyen verdaderas sátiras a la sociedad victoriana), que vivió en libertad su erotismo y gozó de los placeres carnales de decenas de voluptuosos muchachos (Bossie incluido), chongos, obreros y prostitutos.

Aunque, sobre todo se suele olvidar lo más importante: que sin Bossie no habría juicio a Wilde, pero tampoco una de las más hermosas defensas del amor y la pasión gay, la que incluye metáfora del amor que no osa decir su nombre.

El ejemplo de los célebres amores de Oscar Wilde y Bossie Douglas vienen a reafirmar la ancestral y bíblica idea de que el Mal es absolutamente necesario no solo para reafirmar, sino para que se produzca el Bien. Ya lo decían los Cainistas, esa secta del siglo II, que reivindicaba a los malditos de la Historia: el rebelde Caín (¿por qué a Dios solo le venían bien los regalos del débil Abel?, a velludo gemelo Esaú y, por supuesto, a Judas. Es decir, para los cainistas, Judas es el instrumento para que Jesucristo triunfe y para que se cumpla la profecía divina (¿acaso Judas no sería el discípulo favorito y el que más amaba a Jesús? ¿acaso traiciona más quien nos odia o quién nos ama?). De manera análoga, Bossie es el instrumento que eleva a Wilde en el Cristo gay de finales del siglo XX, el mártir que proclama a los cuatro vientos que no hay nada de malo en el amor gay.

Partiendo de esa premisa y también de la idea de que el Mal anidó -y contaminó- el corazón de las identidades y cultura de la comunidad LGTBIQ+, Huw Lemmey y Ben Miller publicaron “Gay malos. Una historia homosexual”, un relato irónico y riguroso que habla de siglos de maldad homosexual, de locas arpías, de maricas malas, asesinas, mafiosas o de derecha.

En su afán, por oponerse a los discursos estigmatizantes, la militancia gay ponderó una historia plagada de héroes y personajes positivos al estilo Wilde o Alain Turing, y rara vez recuerda a los mentirosos, los poderosos y los criminales. Sin embargo, la sexualidad de los malvados fue tan importante como la de aquellos a los que se celebran y sus historias tienen mucho que decir sobre las identidades gays del presente. Es decir, a partir de “las malas” se pueden entender fenómenos emergentes como el auge los gays de ultraderecha, racistas, antisemitas, antiderechos, xenófobos, odiadores de pobres o recurrentes productores o divulgadores de discursos de odio. Ello habla para los autores del fracaso de una comunidad.

Lemmey y Miller, trazan una genealogía, una tradición necesaria que incluye a emperadores criminales y esclavistas como Nerón o incluso Adriano -no solamente retratado como el eterno enamorado del hermoso y desventurado Antínoo-; guerreros impiadosos como Lawrence de Arabia (alejado de la estampa creada por el bello rubio Peter O’Toole o de aquel que, cuenta la leyenda, libraba sus batallas porque estaba enamorado de un voluptuoso árabe). Matones fascistas y arquitectos fascinados con lo bien que le quedaban a los rubios musculados los uniformes nazis como Philip Johnson (que se asemejan a las locas frívolas autodenominadas despolitizadas del presente).

Gays orgullosamente sadomasoquistas y egocéntricos desmesurados hasta la destrucción como Yukio Mishima (tan parecidos a los las musculocas que se exhiben en las redes sociales). Perseguidores seriales de comunistas y homosexuales como los creadores y jefes del FBI J. Edgard Hoover y Roy Cohn. Encantadores mafiosos y asesinos como los gemelos Ronnie y Charlie Kray. Despiadados nazis como Ernst Röhhm (que, víctima de sus propios actos, por poco deviene hombre del triángulo rosa en los campos de concentración). Políticos de ultraderecha asesinados como Pim Fortuin. Una rigurosa estampa del pasado para paradojalmente iluminar el oscuro presente de la comunidad LGTBIQ+.

Gays malos. Una historia homosexual, Huw Lemmey y Ben Miller. Editorial Verso, Barcelona 2025